julio linares

Toledo, España, 1985.

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EL NIÑO QUE QUERÍA HACER LA COMUNIÓN EN CHÁNDAL

Una vez lo vi bailar con viejas prostitutas en un bar. Les tocaba el coño, pero no de una forma sexual. Era parte del baile. Al terminar, se abrazaban como hermanos siameses recién separados. Es una de las escenas más bellas que he visto jamás. 

Linares tiene algo en las manos que hace mutar las paredes y los lienzos, los vasos de whisky, la piel que tatúa, los cuerpos con los que danza. Su arte es una casa entera destruida/convertida en un palacio en fiesta por su furia transformadora. Bailan tigres con putas, indios con plantas. 

En medio del festín es domingo y es Toledo. Julio, buen hijo y nieto de anticuarios, come con sus padres. Su madre mira el tridente en su brazo y dice: “Ah, un tenedor”. No sabe si ese dibujo lo ha hecho un loco, un niño o su hijo. El baile nos lleva al salón, en el que la pintura acrílica chorrea en autorretratos descarnados, intimidad hiriente, selva amazónica, tarot, religión, sexo y amor. En el patio, Richter, Ligabue y Nancy Spero se afeitan la cabeza los unos a los otros con una navaja vieja mientras las alimañas merodean a su alrededor.

Al fondo de la fiesta, Julio mata gallinas. Podría estar pintando, porque es lo mismo, pero ahora estrangula dos aves negras y nos mira. Y en sus ojos están la belleza y la Verdad de un niño que quiso hacer la comunión en chándal.

 

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JULIO LINARES

Toledo, Spain,1985.

THE BOY WHO WANTED TO RECEIVE HIS FIRST HOLY COMMUNION IN A TRACKSUIT

Once I saw him dancing with old prostitutes in a bar. He touched their crotches, but not in a sexual way. It was part of the dance. When the dance was finished, they embraced as newly separated siamese twins. It is one of the most beautiful scenes I have ever seen. 

Linares has something in his hands that mutates walls and canvases, glasses of whiskey, the skin he tatooes, the bodies with which he dances. His art is a whole house destroyed/converted into a palace partying under his transformative fury. Tigers dance with whores, Indians with plants. 

In the midst of the feast it is Sunday and we are in Toledo. Julio, the good son and grandson of an antiquarian family, eats with his parents. His mother looks at the trident on his arm and says: “Oh, a fork”. She does not know if that picture was drawn by a madman, a child or her son. Dancing leads us to the lounge, where the acrylic paint drips in stark self-portraits, hurtful privacy, Amazonian rain-forests, tarot, religion, sex and love. In the backyard, Richter, Ligabue and Nancy Spero shave each other’s heads with an old blade while vermin lurk around them.

At the back of the party, Julio kills chickens. He could be painting, because it is the same, but now he’s strangling two black birds and watching us. And in his eyes there’s the beauty and the Truth of a child who wanted to receive his First Holy Communion wearing a tracksuit..